"Cebolletismo" en estado puro, pues hace ya años de esto que os voy a contar.
Resulta que cuando era más joven, tenía más gracia y menos levas, a menudo me dedicaba a colaborar con boletines culturales, fanzines y otros orgasmos mentales similares... Todo por amor al arte, por el mero placer de ver tus letrillas impresas y generar ínfulas de gacetillero. Y el otro día, rebuscando entre viejos papeles, me encontré con esto y me hizo gracia releerlo. Es una columna que escribí en 1999, a petición de su editor, para "Sildavia", una revista que editaba en Torrejón de Ardoz la papelería Arriero (que espero aún exista). Me hace ilusión empezar el curso con algo de nostalgia, seguro que porque me voy haciendo viejo, de modo que me suelto el pelo y os pido anticipados perdones por la incontinencia verborréica que me adornaba en aquellos días:
Cuando Zenón de Elea echó a correr al gran campeón de la vieja Grecia tras aquel quelonio patizambo puso en marcha la paradoja más universal e irreductible de las posibles paradojas. El nudo de todos los nudos. Y centenares de sesudas mentes, a lo largo y ancho de los mapas y los tiempos quisieron desde entonces convertir al pobre Aquiles, maltrecho en su orgullo olímpico, en vencedor de una carrera perdida. Inútil. Zenón era listo. Terriblemente sagaz. Las reglas del juego, con lógica aplastante y pertinaz, no dejaban opción: aquella tortuga tenía que ganar, y ganaría.
La irreductibilidad de la paradoja –los grandes pensadores que argumentaban una imposibilidad física contra el resultado final de la competición no supieron comprenderlo- reside en su modo argumental. Contra la opinión generalizada de que toda paradoja debía ocultar cierta estratagema por alguna parte, Zenón propuso un juego de manos sin trampa ni cartón. El lenguaje es la forma de la representación y nuestras representaciones del tiempo y el espacio permitían el ardid. Igual daban las leyes de la física o los principios de la geometría (póngase Euclides como quiera, que en Elea no hemos leído los dichosos Elementos).
El rodillo de los siglos se olvidó del nombre del atleta. Por olvidar –en el colmo de la desmemoria- perdió de vista la nomenclatura taxonómica de la especie elegida para la victoria. Y en ese arte de birli birloque que etiqueta los problemas más mundanos con apelativos rinbombantes, quiso recordar el juego como paradoja del continuo. Así, sin solución de continuidad, allá fueron los matemáticos, los físicos, los filósofos, a reunirse en el debate. Leibniz dijo que sí y Newton que no. Euler no podía explicárselo y Mach, quién sabe por qué, ni quitó ni puso a la retórica. El continuo era discontinuo –o tal vez todo lo contrario. Quizá, porque cuando los hombres se ponen a buscar soluciones siempre inventan alguna bien sea por aquello de lo conveniente, resulta que el espacio es denso y los infinitésimos contienen infinitud de infintésimos (in, in, in). Pero Zenón, escurridizo, siguió riéndose más allá del polvo. Sigue en ello: “catetos míos, la representación humana del espacio, y de lo que sea, es de índole gramatical y, por tanto, permite la paradoja más allá de la entidad real de la sustancia… ¡Qué tarugos, bendito sea Zeus!”.
Cada vez que pienso en estas cosillas sin importancia me siento bien. Tal vez porque son las únicas en las que se puede pensar sin tener dolor de cabeza y cabreo sempiterno o, a lo mejor, porque son las únicas que tienen algún interés real y fundado. Pero, sobre todo, porque entiendo la utilidad del debate inútil. Aquiles nunca venció a la tortuga por la misma razón que Alicia cruzó el espejo: la palabra es más dura que el pedernal y la pluma más fuerte que la espada. El mundo –dijo Wittgenstein- es todo lo que es el caso. Y lo que el caso sea –añado- tendrá que ser lo que los hombres digan. Igual da que la ciencia y la técnica se empeñen en sostener evidencias ajenas a la pobre lógica de las palabras puesto que, en el fondo, todo, y digo todo, es cuestión de palabras.
Cada vez que pienso en estas cosillas sin importancia me siento bien. Tal vez porque son las únicas en las que se puede pensar sin tener dolor de cabeza y cabreo sempiterno o, a lo mejor, porque son las únicas que tienen algún interés real y fundado. Pero, sobre todo, porque entiendo la utilidad del debate inútil. Aquiles nunca venció a la tortuga por la misma razón que Alicia cruzó el espejo: la palabra es más dura que el pedernal y la pluma más fuerte que la espada. El mundo –dijo Wittgenstein- es todo lo que es el caso. Y lo que el caso sea –añado- tendrá que ser lo que los hombres digan. Igual da que la ciencia y la técnica se empeñen en sostener evidencias ajenas a la pobre lógica de las palabras puesto que, en el fondo, todo, y digo todo, es cuestión de palabras.
Ahí queda eso, ¿eh?

Bienvenido el ejercicio de arqueología personal, bro. Me consta que no es el único que tienes en el disco duro, así que ya estás tardando en airearlos.
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